Miedo al volante

miedo al volante Se dice que entre los conductores más peligrosos, después de los que muestran una manifiesta falta de respeto por su vida y la de los demás, infringiendo las normas más elementales, están aquellos que tienen miedo cuando conducen.

Cuando yo era jovencita y estaba en edad de sacarme el carnet de conducir, lo fui aplazando. Por mis estudios, porque no quería que mis padres corrieran con todo ese gasto… quería esperar un poco y poder sufragármelo yo. Por aquellos entonces, adoraba conducir. Mi padre me había enseñado lo básico y me gustaba todo, desde manejar a entender la máquina. Recuerdo que, como le pasará a muchos, asociaba conducir con la sensación de libertad e independencia.

Pero un día, un amigo mío, un chico con el que había estado saliendo, se mató en un accidente de coche. Lo pasé muy, muy mal. Y desde entonces, dejaron de gustarme los coches, ni conducir, ni siquiera viajar en ellos.

Al final me apunté a la autoescuela con 27 años… y saqué a la primera tanto el teórico como la práctica. Pero me lo saqué por pura practicidad, porque sabía que podría necesitarlo para cualquier cosa en la vida, especialmente si no quería restringirme en la búsqueda de un empleo. Ya no asociaba conducir a placer, sino a algo que debía saber hacer. Poco después de obtener el carnet, me fui soltando, pues para ver a nuestras familias, mi marido y yo tenemos que hacer muchos kilómetros de carretera, y le fui cogiendo el gusto. Aunque la idea sola ya de tener que salir a la carretera me pone tensa. Porque sé que tener un accidente no sólo depende de que tú lo hagas bien, sino que los demás también, y eso no puedes controlarlo.

Pero hace unos días, estuve a punto de tener un accidente, y sólo por mi culpa. Iba detrás de un camión, por una carretera con bastante tráfico y no muchas oportunidades de adelantamiento, y veía que los coches detrás de mí se iban impacientando. A mí me aterra también que alguien me adelante y luego, al no tener donde meterse, me lleve a mí por delante. Así que hice el intento de adelantar en un tramo donde creía que podía. Pero no era así. Cuando vi venir al otro coche de frente y que no me daría tiempo a rebasar al camión, me puse histérica. Por un momento no sabía ni dónde estaban los pedales de freno ni de acelerador, no acertaba a volver del todo a mi carril, aunque ni siquiera había llegado a invadir el contrario, ni siquiera había empezado a adelantar. Estaba entre los dos carriles, sin saber reaccionar. Gracias a Dios, el otro coche se apartó un poco al arcén y yo logré volver en mí y controlar el coche, volví a situarme detrás del camión. Pero mi estado de nervios era tal, que no podía dejar de llorar y no podía ni respirar. Detuve el coche en cuanto pude, y me bajé. Había estado a punto de causar una desgracia, yo, que siempre me las doy de conductora buena y prudente.

Desde entonces, y a regañadientes, he vuelto a coger el coche, porque sé que no debo cogerle miedo a conducir o no volveré a hacerlo jamás. Pero ahora sí que tengo claro que no me puedo dejar influir por la impaciencia de los demás.

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